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| La conjura de Perregaux La capital del Imperio arís, en 1806, era la capital de Europa. Pero no es el París que nosotros conocemos ahora, ni mucho menos. En 1806, París no llegaba a los 800.000 habitantes. Grandes parques, avenidas y bulevares se mezclaban con callejuelas sucias y estrechas, donde apenas tocaba el sol, donde las casuchas se apretaban unas contra las otras y donde las condiciones sanitarias eran horribles, incluso para la época. No hablemos de |
alumbrado público, ni de alcantarillado. París, en pocas palabras, apestaba. Sus grandes avenidas eran una herencia de la magnificencia de los reyes de Francia. Napoleón todavía no había comenzado las grandes obras públicas que cambiarían la apariencia de París de una vez para siempre. Como la burguesía había suplantado a la aristocracia, se había democratizado eso tan etéreo del honor y la gente se disparaba por cualquier fruslería. Pero también debe decirse que la mayoría de los duelos acababan con un |
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apretón de manos y una botella de buen vino. Pocos, muy pocos, con heridas de gravedad. El espejo de las vanidades humanas de aquellos tiempos eran los bulevares, los teatros y la ópera. Entre la hora de la siesta y la puesta de sol, los más afortunados parisinos montaban en sus coches o en sus caballos y paseaban arriba y abajo por las amplias avenidas próximas al Louvre. El Bulevar de los Italianos pronto se hizo famoso por esa costumbre de salir a ver y a ser visto. Lo mismo en los teatros, donde no se apagaban las luces |
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