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La conjura de Perregaux
Quiero dar las gracias

orría marzo de 2003 y Lola Gulias abrió la puerta de la Agencia Literaria Antonia Kerrigan. Le agradezco infinitamente que, al verme aparecer con el grueso legajo de mi novela bajo el brazo, no me diera con la puerta en las narices. Pero más le agradezco, si cabe, su sonrisa y su apoyo desde que soy «uno de sus autores». Lo mismo queda dicho para todos, todos, los que trabajan en mi agencia.


Antes, sin embargo, debería haber mencionado a mis primeros lectores. En especial, a Laura Solanilla. Sin ella, y lo digo de todo corazón, La conjura de Perregaux no se habría escrito. No es que me diera ánimos para terminarla, es que me cogió por el cuello y me exigió terminarla. «¡No puedes dejarme así! ¡Quiero saber qué pasa al final!», decía. Un beso, Laura.

Entre esos lectores debo mencionar a mi familia: a mi madre, a mi hermano, a mi cuñada. ¿Qué hubiera hecho sin su apoyo?
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También, debo agradecer el entusiasmo de Berta Badia, cuya sonrisa me animó muchísimo, o el asombro de mi amigo Ernest Ferran. También, los apuntes culinarios de Clara Perxachs, más valiosos de lo que ella cree, o las iniciativas de Begoña Iñurria, tan incisiva en eso de la comunicación. No quiero olvidarme de Jordi Raventós ni de mis amigos de NEXE, que tanto me han ayudado.

Finalmente, debo reverenciar a la diosa Fortuna por haber tenido tanta suerte con mi editora. Discutimos sobre los

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