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Váter

Una historia llena de sexo y de violencia.

uando me hablan del principio de entropía, siempre me viene a la cabeza el apartamento de Jaime. Un caos. Por simple precaución, es conveniente mirar, y mirar con atención, examinar, antes de sentarse, sin disimulo, con minuciosidad, el lugar donde esté previsto posar el llamado culo. Me han hablado de muchos apartamentos de solteros, de legendarios pisos de estudiantes, pero el de Jaime es el único que conozco donde fue

hallada una zapatilla en la nevera.

Cuando le digo a Jaime que vaya apartamento que tiene, él se encoge de hombros y se defiende diciéndome que las cosas tienen vida propia, chico, y hacen lo que les da la gana.

—Yo ya se lo tengo dicho. Pero no me hacen ni caso.
Yo estoy por seguir la broma. Pero siempre me quedo con la palabra en la boca mientras Jaime me mira y añade, serio:
—Chico, es que ya no sé cómo decírselo.
Cuando aparece su novia los fines de semana, siempre echa
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un vistazo a su alrededor, levanta la cabeza, pone los ojos en blanco y mira hacia otro lado, por no montar un cirio. Pero, luego, no puede evitar decir:
—Jaime, no tires los preservativos al váter —mientras Jaime vacía el depósito y mira dentro de ese enigma semejante a la muerte, donde aquello que lleva el agua consigo no vuelve jamás.
—¿Qué?
—Que no tires los preservativos al váter —repite Dolores, su novia, desde el dormitorio.
—No, si no los tiro —responde Jaime, mirando, hacia abajo, contrariado.


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