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Puse tu nombre a una estrella

Este breve cuento me hizo ganar un premio el Sant Jordi de 1992, en la Escuela de Ingenieros.
No es gran cosa, pero le tengo un cariño especial. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y mis letras han cambiado mucho.


i ciudad nace en un río y quiere morir muy alta, en las montañas. Ha estado subiendo años y años. Pero parece que cuanto más sube, más se

cansa. Sólo hay que ver la parte que da al río. es grande, ancha, señorial, digna. También ampulosa y orgullosa, y divertida. Los cafés, siempre llenos, exhiben hombrecillos ilustres, sabios de pacotilla e irredentos galanes. La historia, que tanto se mueve en estas tierras, agita sus conversaciones alrededor de las tazas de mal café y de las pretendidas sabidurías. ¿Sabes? Me imagino las mismas mesas de mármol, las mismas sillas, las mismas discusiones, pero en manos de nuestros bigotudos y barbudos bisabuelos. ¿No te da risa pensarlo?
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Yo no vivo cerca del río. Vivo donde la ciudad se rinde a la montaña. Ya no hay grandes bulevares, ni tantos tranvías como hay cerca del río. Sus calles son estrechas, se retuercen. Como si la ciudad se hubiera arrugado en un lentísimo choque contra las montañas. Algunas son tan empinadas que tienen escalones para que los vecinos vayan de un sitio al otro. Las casas son bajitas, como si tuvieran miedo de las alturas que las dominan, la cordillera que mi ciudad quisiera subir, pero que no se atreve. Es un barrio íntimo y recogido. Sólo unos campanarios apuntan al

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