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cielo entre las callejas, como si de esta manera estuvieran más cerca de Dios. Sus campanas cubren la ciudad con su misteriosa plegaria, día tras día. Cerca de donde yo vivo, muy cerca, aquel árbol gris sube y sube. Sus ramas acarician el cielo y cubren su plaza, su pequeña plaza, mi rincón. Lo plantaron hace muchos años, en una plaza que tiene mucha pendiente. Tanta que hubo que poner escaleras. Es una plaza pequeñita, de planta triangular. Apenas tiene para una fuente, unas flores y un banco de madera. Una |
escultura se hubiese sentido muy sola allí, no mi árbol. Ahora es un árbol grueso, enorme. Es un árbol muy grande. Los pájaros lo conocen y le piden permiso para reposar. Llevará muchos años allí, porque sus raices irrumpen entre la hierba y las flores. algunas de ellas son tan grandes que puede una sentarse en ellas. Son rugosas, de un color gris oscuro. Es un árbol muy raro. Nunca he sabido qué árbol era. Vivo a dos pasos de la plaza. Mis habitaciones son sencillas, pero despido al sol cada tarde y |
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tengo la ciudad rendida a mis pies. ¿Qué más quiero? Hay días que tanta belleza me satura y me pongo muy triste. Luego pienso que he sido una tonta, ¿verdad? No tengo cura, y creo que tú lo sabes mejor que yo. Pues, bien, cuando me encuentro así, salgo de mi casa, giro a la derecha, bajo por unas escaleras y, casi sin querer, me encuentro cubierta por sus ramas. Siempre soy bienvenida. Tienes que venir a verme. Te lo presentaré. No quiero que te rías de mí. Ha sido todo un amigo. Ha compartido mis alegrías y me ha consolado en |
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