Inicio LUIS SORAVILLA > Otras letras > Cuentos > La caricia
 
gente agitaba sus manos y decía adiós, adiós, hasta nunca.

Yo también les decía adiós. Sabía que no volvería a verlos, que iban a lugares situados a millones de kilómetros, a Madrid, por ejemplo, que se iban para siempre jamás, que sabría Dios cuándo volverían. Si volvían.

Y con esa sensación en el cuerpo imagínate qué pude pensar un día que oí a mis padres hablar de un largo viaje. San Sebastián. En coche-cama. Me acordé entonces de

aquellos largos expresos que desaparecían entre la lluvia cada vez más y más deprisa, cuando ya no veías a la gente sacudiendo sus manos a modo de despedida, cuando ya subían todos las ventanillas y metían la cabeza dentro de los vagones diciendo:

—Uy, qué frío hace —y daban por acabados sus adioses.

Y me dio tanto miedo que me encerré en mi cuarto y me puse a llorar, porque supe que nunca más volvería a ser lo mismo todo eso que me rodeaba, mi pequeño y
VOLVER

 
ordenado mundo, nunca.

Tardé poco en vencer ese miedo, aunque no sé si miedo es la palabra correcta. Creo que no. Pero, ya te digo, se me pasó enseguida y pronto me vi con mi abriguito nuevo, arrastrando una maleta de juguete, de la mano de mi padre cruzando aquellas inmensas puertas de la Estación de Francia, con más nervios que otra cosa. ¡Es que aquella vez era diferente! Esta vez, papá no compró aquellos billetes de cartón para poder pasear entre los trenes, que yo luego guardaba como un tesoro

Biografía

Obras

Otras letras

Miscelánea

Sugerencias

Prensa

Opinión
anterior Pág. 3/7 siguiente
Créditos | Contacto | Copyright