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agotadas, resoplando, en el andén de la estación de San Sebastián. Era un mundo lleno de emociones. Ahora pitaba una locomotora, ahora se abría la válvula de aire de los frenos, o sonaba la bocina de una carretilla de equipajes cargada de baúles y maletas, de sacas de correos, muchas veces con remolques, jugando a trenes entre sus hermanos mayores. Y yo tan pequeñito, y todo aquello tan grande, el techo de cristal en el cielo, el reloj como si fuera la luna, y la mano de mi padre donde podía perderse mi manecita.

¿Y el misterio? ¿Sabías tú a

dónde iban esos trenes? ¿Y esas maletas? ¿Y esas gentes que decían adiós por la ventanilla? La Coruña, Madrid, Sevilla, Irún, eran países lejanos, lugares llenos de misterio, tanto como pudieran serlo los mares de los piratas caribeños o la isla de Robinsón Crusoe. ¿Y qué me dices de cuando se iba un tren? Era emocionante, de veras que sí. Era imprescindible que la locomotora alzase la voz por encima de cualquier otro ruido y que con un aullido tremendo hiciera notar su fuerza, su poder, todo de lo que era capaz. Aquella bestia enorme —¿feroz?, ay, no sé, pero yo no
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  le tenía miedo—, aquel monstruo metálico, comenzaba entonces a rugir, y su rugido venía de dentro, y todo temblaba y el ruido era tan grande que ni siquiera podía saber qué me decía mi padre señalando la máquina, ¡y, fuera lo que fuera, me lo decía casi en la oreja! Y todo el tren, todo, verde, gris, azul, temblaba de golpe, se sacudía con fuerza, y uno veía aquellos vagones chocando entre sí, tironeados, empujados por la bestia verde y sucia, siempre sucia, que, triunfante, cuando se ponía en marcha para no volver, volvía a pitar con fuerza mientras se cerraban las puertas de los vagones y la

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